Ayer llamaron a la puerta, pero no me atreví a abrir, por miedo a que fueras tú.
A que volvieras con una sonrisa impecable, un regalo barato y muchas ganas de romperme el corazón.
Te prometí que te olvidaría, que jamás volvería a soñar despierta, imaginándome como sería mi vida si ese fatídico día no hubiese existido.
También he pensado en que, es una tontería que yo siga intentando cumplir promesas que parecen eternas, que me hacen llorar porque, realmente, nunca te había echado tanto de menos.
Nunca había echado de menos las caricias de tus dedos en mi espalda, o las sonrisas entre besos: nunca había echado de menos los piques que teníamos, o los besos de despedida.
Supongo que es más fácil vivir en un recuerdo que tener narices y dejar el pasado atrás, y tú sabes que nunca he sido lo suficientemente valiente.