quería asomarme al precipicio
de tus lunares,
y de arriesgarme
me caí dejando
un rastro de besos en tu clavícula.
dejando un montón de caricias pidiendo auxilio
cuando tú ya habías decidido dejarme caer.
habías decidido que la curva de mi sonrisa
ya no te gustaba para pasearte por ella
y que era mucho más divertido
besar la sonrisa de cualquiera.
no me importó demasiado al principio;
caerme fue como aprender que confiar
en que no me dejases caer
era como creer en la lluvia en una sequía.
y todos sabemos
que una gota de agua en sequía
es un milagro que pocas veces ocurren
y, esta vez, no ocurrió.